miércoles, 17 de marzo de 2010



Emprendí camino entre aquellas calles infectadas por la oscuridad. En ellas reinaba un silencio espeluznante. El único ruido que podía percibir era el de mis pisadas. Anduve durante unos diez minutos, fue entonces cuando me percaté de que mis pisadas no era lo único que quebraba el silencio en esa angosta penumbra. Había alguien más detrás de mí. A unos veinte metros. Aceleré el paso con la esperanza de que aquel intruso no estuviese interesado en seguirme. Sus pisadas cada vez se escuchaban a menos distancia. Sin pensármelo dos veces eché a correr. Mi corazón latía a gran velocidad, bombeaba la sangre que llegaba a mis venas. Estaba sola y sabía que si me alcanzaba, estaría perdida. Corrí lo más rápido que pude. Sólo podía escuchar mi corazón latir y sus pisadas amenazantes. Es curioso, cuando alguien teme por su vida, no siente cansancio alguno.

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