
Colgué el teléfono. La ira me invadía. Golpeé la mesa con el puño cerrado, descargando todas mis fuerzas e ignorando el dolor producido por el impacto. No quería entender y yo ya no encontraba maneras para explicarle lo inexplicable. Mis venas conducían una rabia nunca experimentada que llegaba hasta la nuca como fuego ardiente que me impedía pensar con claridad. Entonces me percaté de que la ventana estaba abierta de par en par. Un dulce viento acariciaba las cortinas y las hacía bailar a su merced. Me aproximé, apoyando las manos sobre el poyete del ventanal. Me asomé. La distancia hasta el suelo era de cinco pisos. Me pregunté si el impacto contra el hormigón sería seco y sin dolor. En ese momento contemplé la ciudad de Barcelona a lo lejos. Una oleada de luces iluminaban las calles reinadas por la oscuridad y la marginación. Fue entonces cuando comprendí. Si con palabras se negaba a comprender, conseguiría su perdón con hechos. La salida más segura no siempre es la correcta. Cogí mi abrigo y dejé atrás aquella casa, sin saber exactamente adónde iba ni qué haría.
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