viernes, 18 de junio de 2010



- Mírame – dijo.
Alcé la vista y le sostuve la mirada. No supe responder. Ella cerró los ojos y se alejó hacia el extremo de la galería. Observé su silueta fundirse en la lluvia. Fui tras ella y la detuve, arrebatándole el sobre de las manos. La lluvia le azotaba el rostro, barriendo las lágrimas y la rabia. La conduje de nuevo hacia el interior del caserón y la arrastré hasta la calidez de la hoguera. Rehuía mi mirada. Tomé el sobre y lo entregué a las llamas. Contemplamos la carta quebrándose entre las brasas […]. Ella se arrodilló junto a mí, con lágrimas en los ojos. La abracé y sentí su aliento en la garganta.
- No me dejes caer – murmuró.